BLASFEMIA
¿Será la obra de María Cobas (A Coruña, 1982) otro aparato blasfematorio, a lo cyborg de Donna Haraway, creado para colaborar con el derribo y la eliminación total del sistema especista, sexista, colonialista que nos atrapa? Si cuestionar el orden hegemónico en lo que se refiere a la especie, al género o al poder es blasfemar, entonces la repuesta será radicalmente afirmativa. Renegar (que es lo mismo que blasfemar) de una historia construida siempre por los mismos y para los mismos significa autorizar otras voces para narrarla de nuevo. Seguir empeñada en establecer relaciones afectivas (y efectivas) entre humanos y no humanos, aspirar a conocimientos colectivos reales y configurar mundos posibles con parentescos cruzados, por extraños que éstos parezcan, serán el propósito absoluto de esta pintora que se mantiene tan atenta como crítica con la hiperrealidad actual y que intenta expresar las pifias de la contemporaneidad a través del símbolo. Mujer, animal, «máquina», espacio donde se mueven las figuras y sus múltiples hibridaciones son piezas clave en toda la producción de la artista. Estos cuatro elementos protagonistas funcionan como metáforas que se entretejen para dar cuenta de la necesidad urgente de formar un grupo de presión potente y ejecutor que haga tambalear un régimen en el que no se encuentran muy a gusto que digamos. Efectivamente, María Cobas encuentra aquí un caldo de cultivo muy jugoso para crear un bestiario inconfundiblemente propio con el que se vuelca de lleno para contarnos estas cosas que ella considera básicas. Para reflejar todas estas intenciones éticas que se rastrean en el trabajo de María no hay nada mejor que observar la realidad sobrevolándola. Es decir, trascender lo convencional y dejar que el inconsciente se explaye a voluntad.
Desde semejante tesitura no resulta nada raro que la primera imagen en emerger de la profundidad de la psique sea la de la mujer, dispositivo desestabilizador por antonomasia (y por lo tanto blasfemo) en una sociedad regida por hombres y para hombres. Como en la obra de la surrealista Remedios Varo, la mujer, también en este caso, encarna las ansias de emancipación, el autoconocimiento personal de su autora y el potencial femenino reprimido. La presencia femenina es tan fuerte -sólo hay que observar que absolutamente todas las obras están protagonizadas por féminas- que se hace evidente y concluyente un significado de completa autonomía y autorrealización. Así las cosas, no sería de extrañar tampoco que todas las imágenes que nos presenta María Cobas en sus pinturas sean autorretratos psicosociales con toques de ensoñación, fantasía, ironía y quizá una pizca de sarcasmo.
La animalidad, que representa desde lejos el instinto más hondo y es también tema peliagudo en el discurso antropocéntrico dominante todavía hoy, aparece imbricada a la figura de la mujer no como carga de la que deshacerse sino como complemento esencial en la lucha contra la sumisión. A veces el animal asoma en la obra de forma contundente, otras muchas de manera más sutil pero, en cualquier caso, su presencia es constante, como si se tratase de un vínculo imprescindible e inevitable. Es muy interesante como el híbrido mujer-animal o la pareja que conforman ambas, funcionan aquí como pudo haber funcionado el artefacto teorizado por la Haraway cuando dice algo así como: «el mito de mi cyborg trata sobre límites transgredidos,
fusiones potentes y posibilidades peligrosas que las personas progresistas podrían explorar como parte de un trabajo político necesario». Tal cual. Y todo esto revelado bajo un lenguaje formal sumamente amable y apacible, la mayoría de las veces muy próximo a lo cute, pero con una sobrecarga de melancolía y turbación que denota toda la maquinaría ideológica que lleva dentro.
El espacio donde se desarrollan las escenas también cobra un especial e inquietante protagonismo. De mano, Maria es licenciada en arquitectura por la universidad de A Coruña, así que tiene bien dominadas las leyes de la perspectiva, de lo que da clara muestra en su trabajo pictórico pero, en su caso, se trata más de un ejercicio simbólico que de una muestra de virtuosismo técnico. Son paisajes donde elementos arquitectónicos y naturaleza conviven. Aunque en su última producción la naturaleza va ganando más terreno, todavía queda algo de ese ambiente arquitectónico-metafísico que veíamos en trabajos anteriores. Lo orgánico ahora se impone: agua, tierra, flora, fauna, humanidad.... En cualquier caso, la naturaleza aflora.
En serio, ¿resulta tan blasfemo reivindicar lo femenino como natural?
Juan Llano Borbolla verano, 2025
